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En las culturas antiguas los dioses con frecuencia aparecen representados bajo la figura de animales.



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Desde la antigüedad remota, las imágenes de animales y en particular las de las aves de presa, han merecido la admiración y el respeto de los hombres.



Las aves aparecen asociadas con numerosos mitos y creencias, motivo por el cual su figura aparece representada reiteradamente en el arte, la heráldica y la numismática. El águila, el buitre y el halcón ya figuran en esculturas y bajorelieves muy antiguos en Asiria y Babilonia. En India, el "águila garuda" servía de cabalgadura a Vishnú, y en Etiopía, el ave fénix, cuando envejecía y perdía parte de sus facultades, podía regenerar renaciendo de sus cenizas; en el antiguo Egipto, Horus era el dios halcón.


En la civilización grecorromana los dioses adquieren una apariencia humana, pero tienen el atributo de transformarse en animales para ejercer el poder. Por ello, en Grecia es el águila de Zeus la encargada de castigar a Prometeo. En Roma, Júpiter estaba igualmente asociado con el águila, y al igual que Zeus se transformaba en ave para realizar sus aventuras amorosas. Allí el águila simbolizaba el poderío militar del imperio. Entre las culturas americanas las rapaces también se asociaban con los dioses o hacían las veces de mensajeras divinas, motivo por el cual su presencia es importante tanto en la estatuaria como en la orfebrería y en los mitos de varios pueblos.


En Bizancio, el águila bicéfala va a representar el dominio, tanto de oriente como de occidente. Este símbolo heráldico se va a conservar en la Rusia de los zares y en el imperio Austro-Húngaro. En España, el blasón de los reyes católicos portará un águila que representa a San Juan Evangelista. El imperio napoleónico también adoptará el águila como emblema de su poderío. El águila aparece igualmente en numerosos escudos, entre los que figuran los de Bogotá y Tunja, autorizados por Carlos V, así como el de los Estados Unidos de Norte América.



Por vivir en las grandes alturas, por su gran tamaño y especialmente por la majestuosidad de su vuelo, todas las culturas andinas veneraron al cóndor (nombre derivado del quechua cúntur). Es por ello que su imagen aparece representada en los escudos de varias naciones sudamericanas, incluida Colombia, al tiempo que su nombre sirvió para denominar la moneda en Chile y Ecuador. Los primitivos pobladores de los Andes creían que el cóndor buscaba directamente el corazón de sus presas y por ello, en algunas regiones, todavía se utiliza el corazón del ave, seco y pulverizado, para combatir diversas dolencias. En el altiplano boliviano, durante ciertas conmemoraciones, aún se capturan cóndores para llevarlos en medio de una gran procesión a los poblados donde, durante las corridas, son amarrados a los lomos de los toros que son lidiados, en medio de la algarabía general, mientras el ave se aferra fuertemente con sus patas para no caer.



El cóndor (Vultur gryphus L. o buitre grifo, en alusión a personaje mitológico que tenía la parte superior del cuerpo de águila y la inferior de león) es el ave voladora de mayor tamaño existente en la actualidad; habita en las cumbres de los Andes y en su vuelo alcanza hasta 10.000 metros de altura. Fue bautizado científicamente por Carlos Linneo en 1758, quien lo ubicó en la familia de las Cathartidae, grupo propio del Nuevo Mundo y en el cual se agrupan las aves rapaces que se alimentan de carroña. El nombre de la familia deriva del vocablo griego Katéartes, que significa el que limpia, en alusión a su régimen alimenticio. Sus parientes más cercanos son el rey de los gallinazos o rey golero, la guala y el chulo o zopilote. Estas aves se distinguen, entre otras características por carecer de tabique nasal, de tal forma que la luz se puede ver a través de los dos orificios respiratorios. Por su dieta alimenticia tienen el sentido olfativo muy desarrollado, lo cual les permite localizar su alimento a grandes distancias.


Son abundantes los datos relativos al cóndor en los escritos de los cronistas y viajeros que visitaron Sudamérica. La descripción científica más antigua del ave emblemática, hecha en Colombia, se debe a fray Diego García (1745-1794), uno de los comisionados de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada. Fray Diego, un sacerdote franciscano natural de Cartagena, laboró con la Expedición a partir de 1783 y puede ser considerado con justicia como el primer zoólogo colombiano.



Anota García al realizar un envío de materiales científicos con destino a Mutis: "Se remiten dos Buitres color barroso, macho y hembra, el macho se conoce por la cresta de carne que tiene desde la extremidad del pico, y corre por encima o sobre la cabeza. Esta ave es muy arisca, y por ello siempre tiene su habitación y casa en las roturas y concavidades de los cerros mas remotos y encumbrados. Dicen los montaraces que la hembra pone dos huevos, que empolla y saca macho y hembra por lo regular y que los pollos son de pluma blanquísima como las de los gallinazos, y mudando aquellas primeras, quedan del color que ahora se les mira. Esta es ave carnívora, que sólo se mantiene de carnes de los ganados y bestias, y para ello cuando llegan a cebarse o que la hembra les pica o aprieta, se juntan macho y hembra (que andan siempre así) y llegando a los campos más solitarios o menos habitables de gentes, persiguen los terneros pequeños volando el uno sobre él y dándole piquetes o mordiéndole con el pico, y el compañero siempre adelante. Cerca de la cabeza del ternero, el que precisamente, mientras más corre, más se fatiga, y rendido que se halla echa la lengua fuera (como es natural en el ganado) y entonces pillándola el que va delante, y haciéndosela pedazos y desangrándosela con el pico, lo postran, matan y comen. Se me iba olvidando expresar los ojos de las aves referidas, por lo que, habiéndolo reparado, digo que el buitre tiene el cerco del ojo color colorado, pero muy poblado de ciertas como punticas espesas de color pardo y la uba y pupila de color sarco". El comportamiento descrito puede rayar en la leyenda; por ello fray Diego añade en otra parte de sus notas, que para cazarla es necesario cogerla en un campo, donde esté comiendo alguna bestia, res, perro, etc., que encuentre muerto o que se le haya puesto a propósito, como lo ha hecho el comisionado para capturar los ejemplares que remite.


La detallada descripción, realizada en San Sebastián de las Piedras (Tolima) el 13 de octubre de 1785, es una pieza magistral, por la exactitud y fidelidad de los detalles que proporciona. Dice así:



BUITRE COLLAREJO O DOMINICANO



"Tiene la cabeza más larga que ancha, algo aplanada y sobre ella una cresta hermosa, gruesa, carnosa y de color ceniciento, que le nace desde la basa del pico, y de allí corriendo hacia atrás llega hasta algo más de la medianía de la calavera. Sobre la misma cabeza, hacia una y otra parte, de la cresta una verruga negra, callosa, lineal y corta como de una pulgada y nueve líneas. Poco más abajo le corren otras algún tanto que llegan hasta más de la medianía del pescuezo.



Los ojos hermosos, la huba color fino de asarcón, la pupila grande de azul oscuro y sus párpados vestidos de pelillos negros. El pico robusto, corto y comprimido. La quijada que forma la parte principal, tiene sus lados anchos, separados por un lomo encorbado y mucho más en la punta que es un diente muy fuerte. La quijada inferior más pequeña, roma y acanalada en la punta. La lengua roma, fuerte, acanalada y en todos sus bordes o circunferencia unos dientecillos finísimos muy pequeños y unidos a manera de una sierrecilla delicadísima.



Las narices grandes, sus orificios taladrados de una a otra parte, muy aproximados al lomo de la basa del pico que se halla cubierta de una membrana negra. Por la parte inferior de la horqueta del pico menos principal le cuelga una membrana negra lineal, que en estos Reinos llamamos barba, cubierta de pelillos negros y tirados algún tanto hacia abajo del pescuezo. El cuello proporcionado a su corpulencia, erguido de color anaranjado sucio y vestido como la cabeza de pelillos negros. El pecho ancho y hacia la parte superior del buche, sobre el cogote, un collar de plumitas finísimas que parecen un copo de algodón descarmenado y a este por la parte de abajo lo divide una verruga que le cuelga de color negruzco y flexible.



El cuerpo comprimido, oblongo y todo vestido densamente de plumas negras como toda la región del ano. La cola más larga que los pies extendidos, que consta del número natural de doce plumas negras. Los muslos de calzón entero muy vestido de plumas negras. Las piernas robustas cortas, de color ceniciento, vestidas de escamas pequeñas y negras. Los pies de tres dedos adelante y uno posterior, todos separados y ligeramente unidos por una pequeña membrana cenicienta con escamillas negras. Los dedos por debajo de pulpejos robustos y mucho más el de la planta del pie. Las uñas robustas, negras y encorvadas. Las alas grandes y complicadas tocan sus puntas a la extremidad del dedo intermedio que es el mayor extendidos los pies. Las primeras remeras de las puntas hasta aquel huesecillo, de donde nacen que llamamos guías inferiores, del todo negras; pero las que existen desde dicho huesecillo hasta las que tocan inmediatamente al cuerpo, son pintadas de arriba a bajo linealmente de blanco sucio y negro [...]



El macho de quien es la presente descripción, se diferencia de la hembra en que ésta es menos corpulenta, no tiene cresta en la cabeza ni verrugas en ella y en que la verruga que divide por abajo el collar y la membrana o barba que tiene por la parte inferior de la horqueta del pico, son más cortas y por consiguiente las medidas de sus partes lo han de ser" [...]



Humboldt y Bonpland hicieron numerosas anotaciones referentes a los cóndores que les rodeaban, aprovechando las corrientes de aire, durante los ascensos a los nevados, especialmente en el Chimborazo. D'Orbigny observó cómo durante el día volaban a lo largo de las costas sudamericanas para ascender en la noche a sus lugares de descanso en las cimas de la cordillera, donde se refugiaban en las oquedades de las rocas más abruptas. Darwin los vio repetidamente al recorrer la costa sudamericana y se sorprendió al verlos volar por horas sin batir las alas, aprovechando totalmente las corrientes de aire para ganar altura. En realidad, el cóndor está íntimamente asociado con la cordillera andina y vive a lo largo de su extensión, desde la Tierra del Fuego hasta Colombia y los Andes de Mérida en Venezuela. También habita la Sierra Nevada de Santa Marta. Su presencia, al igual que la de las demás rapaces, contribuye al mantenimiento del equilibrio biológico en diversos ecosistemas, motivo por el cual en casi todos los países existen leyes tendientes a su protección, al tiempo que se aplican políticas de repoblamiento en aquellas áreas donde se han extinguido.



En el escudo colombiano el cóndor representa la soberanía. Allí aparece con las alas desplegadas y de su pico pende una corona de laurel (Laurus nobilis), árbol que desde la antigüedad simboliza la victoria y la nobleza; la corona de laurel alude a la victoria alcanzada por los forjadores de la Nación.
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